Los niños saharauis viven
desterrados en la frontera argelina.
Lejos del océano. No pueden
siquiera imaginar su brisa, sus peces,
su azul, su majestuosidad... Viven
en una tierra tortuosa, dolida como
sus frágiles cuerpecitos. En
esos cuerpecitos donde abundan parásitos
por la contaminación del agua,
porque no hay con qué sanearla,
a pesar de la empírica prevención.
Hay mucha falta de proteínas
y de vitaminas en el organismo de
los ‘hijos de las nubes’,
porque dependen de la ayuda internacional,
que llega a lento y cansino ritmo.
A veces se deteriora por el clima
y el transporte. Se consume en ocasiones,
caducada. Otras veces no llega. Y
hasta se amenaza con cortarla.
Estudian con escaso material escolar.
Aprenden árabe y español,
porque el castellano representa un
elemento más de identidad en
una región mayoritariamente
francófona. En los campamentos
de refugiados saharauis los niños
juegan mucho, aunque de juguetes sólo
tienen residuos de latas made in ayuda
humanitaria para suplir su traviesa
fantasía.
Ahí donde los niños
saharauis sobreviven no hay plantas
ni palomas. Pero hace años,
gracias a proyectos como Vacaciones
en Paz ellos han vuelto a ser palomas
mensajeras entre distintas culturas.
Subsisten con el triste brillo en
sus rostros, que clama con impotente
grito:
¡Ayuda!.
No pueden brindar ramos de flores
o de olivo, como símbolo de
paz, amistad y tolerancia. Ellos ofrecen
lo único que tienen: ramos
de tempestad.