Ayer
Suheia y Manata tuvieron que
madrugar. Sus revisiones médicas
les obligaron a desperezarse
más temprano de lo
habitual y aún así,
no les importó compartir
con este medio algunas impresiones
de su viaje desde la ciudad
de Dajla donde se encuentran
los campos de refugiados de
Tinduf, en Argelia. Ellas
son dos de los 30 niños
que pasarán las vacaciones
por la paz en la ciudad, una
estancia promovida por la
asociación Amal Esperanza
que vela por un verano solidario
y diferente.
Suheia relata cómo
llegó la semana pasada
y “el viaje se me hizo
un poquito largo aunque estuve
dormida todo el tiempo”.
En El Puerto le recibió
su familia de acogida, su
madre española Maribel
García y sus dos hijos,
que “son mayores que
yo”. Explica que sólo
tiene 12 años aunque
no es la primera vez que pisa
tierra española, por
lo que es toda una experta
en el idioma (en los campamentos
el castellano se estudia como
segundo idioma) y en las costumbres
portuenses.
La pequeña desprende
ternura en cada una de sus
palabras. No duda en decir
que de esta localidad le gusta,
sobre todo, “el mar”
y en los próximas días
comenzará a impartir
clases de natación.
Y es que como apenas conocen
el agua, sus madres de acogida
comentan que éste es
“uno de los pocos aspectos
en los que hay que tener cuidado
con ellos, ya que al no conocer,
no tienen miedo”. Algo
que también les ocurre
con las alturas e incluso
con los coches pues “no
huelen el peligro”.
Cambian el lagarto por la
tortilla de patatas. Algo
que no siempre les gusta a
los niños, comenta
la madre de Manata, Trinidad
Domínguez. “No
dudan en probar toda clase
de chucherías pero
les cuesta acostumbrarse a
sabores como el pescado”
y recuerda que en su país
prescinden de este tipo de
alimentos. Aunque tanto Maribel
como Trinidad coinciden en
que, a la larga, acaban comiendo
“bien y de todo. E incluso
piden churros, uno de sus
manjares favoritos”.
A Suheia y Manata les pierde
las tecnologías. Cuando
este medio se desplazó
hasta la asociación
para hablar con ellas, Suheia
no paró de mirar el
reloj. Su madre de acogida,
entre risas, comentó
que “les encantan las
novelas y ya comienza una
de sus preferidas” y
Suheia confesó que
“me gustan todas”.
Otra de sus grandes aficiones
es el cine y la música.
Trinidad recuerda un comentario
de su pequeña, “mamá,
¿puedes poner el volumen
un poquito más alto?”.
Saben que volverán
a casa a finales de agosto
y aunque se van con pena,
llegan a su hogar con la alegría
lógica de ver a los
suyos. Para que la alegría
se extensible a su vida, Amal
Esperanza lucha por los derechos
de estos niños. Para
ello, ya preparan dos concentraciones,
una en Sevilla y otra en Algeciras
para manifestar la situación
que vive este pueblo. Ante
el consulado de Marruecos,
no sólo padres y madres
de El Puerto sino de toda
Andalucía leerán
un manifiesto en el que se
expresará el reclamo
que se hace desde España,
para que el Gobierno tome
medidas. Para los niños
esta jornada servirá
de encuentro con hermanos
y primos, distribuidos por
toda la comunidad, y también
es una forma de entender que
ellos “son los mejores
embajadores de su tierra”.
El problema saharaui no se
da sólo en verano sino
persiste todo el año,
apostilla Trinidad.
Por último, Suheia
destaca mil y una cosas positivas
de esta localidad pero aún
así, “prefiero
el clima de mi país”.
Y es que no hay nada como
estar en casa. Entre miradas
vergonzosas, Manata se empieza
a soltar. Trinidad desvela
el secreto del sonrojo de
su cara, “en los campamentos
los niños no hablan
cuando se reúnen los
mayores”, un respeto
que no pierden cuando vienen
a España pues educación
y saber estar no les falta.
E incluso se sorprenden de
las cantidades ingentes de
basura que hay en las calles
pues las madres narran que
en Dajla, “esto no ocurre,
todo se aprovecha”,
les llama la atención
que la gente tire grandes
bolsas de pan, muebles o ropa
porque se preguntan “¿mamá,
aquí no tienen valor
las cosas?”.