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Por CARMEN RIGALT, publicado en EL MUNDO:
A los saharauis les crecen los enanos.

   
  
  
  

En periodismo todos sabemos que algunos temas están gafados. Yo misma, que no creo en gafes, he asistido durante años a la impasibilidad de los medios de comunicación ante el problema saharaui. «Es un tema que no vende», suelen decir los jefes, atrapados en las máximas del «periodismo boutique». Los jefes son águilas, no oneegés. Sólo en época de rebajas dan salida a los temas que duermen en la nevera. Verbigracia: los saharauis. Siempre hay un becario dispuesto a dar la cara por ellos. Mientras haya becarios, habrá saharauis. A punto de cumplirse el 30º aniversario de la fundación de la RASD (República Arabe Socialista Democrática), los saharauis vuelven a los periódicos sin necesidad de ayuda becaria. El motivo es tan doloroso como insólito: se les ha inundado el desierto. La catástrofe vivida en los campamentos hace que hoy dirijamos una mirada de compasión hacia un pueblo cuya causa está aparcada enel trastero de nuestra memoria.

Yo también fui becaria. Estuve en Tinduf y compartí con los refugiados dátiles, leche de cabra y largas horas de conversación bajo el cielo deshidratado de las jaimas. Fue una de las experiencias más intensas de mi vida porque sentí la lucha de aquella gente como propia y me emocioné con todas sus palabras. El paso de los años no ha borrado ninguno de mis viejos recuerdos. Los conservo todos intactos: el olor profundo de los hospitales (hoy destrozados), la luz violenta de los mediodías, la textura de las tardes cobrizas o el sonido blando de las mujeres que trajinaban en la jaima con los pies desnudos. Allí la vida se manifestaba con una belleza constante y mantenida: las mujeres usaban velos dulces como de novia y los hombres tenían el vientre hundido.

Nacían muchos niños en los campamentos. Los saharauis estaban construyendo un pueblo y había que engordar el censo. Aquellos niños viajaron a España muchos veranos y conocieron las bicicletas, el mar y los bocadillos de chorizo. Volvieron a los campamentos con camisetas del Real Madrid o el Barça y tiñeron su algarabía de voces nuevas. También recuerdo un huerto experimental. Eran unos pocos metros cuadrados protegidos de los azotes del viento. A fuerza de goteo, los ingenieros conseguían tomates grandes como sandías. Durante 30 años estos saharauis han trabajado duro, pero el desierto es imbatible. Hace unos días, el cielo bramó y un diluvio arrasó los campamentos. Ahora, la catástrofe permite que todos seamos un poco becarios para arrimarles el hombro y la palabra.

Por CARMEN RIGALT, publicado en EL MUNDO.

 

 

Foto: SPS
  
  
  
  
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