Informe
de Jesús Antoñanzas
Tras 800 kilómetros y más
de 20 controles policiales llegué
a las puertas de El Aaiun, donde el
último control policial revisaba
los coches minuciosamente y preguntaba
a sus ocupantes el motivo de llegar
hasta allí, no sé si
fue la suerte o el cansancio de los
agentes, pero cuando nos llegó
el turno, el agente nos realizó
un gesto inequívoco de avanzar
sin parar, yo iba convencido de la
expulsión como está
ocurriendo en los dos últimos
años, con todos los periodistas
o delegaciones de políticos
y asociaciones que llegan hasta El
Aaiun con el fin de informar o verificar
el estado de represión que
el gobierno de Marruecos realiza sobre
la población saharaui.
El motivo de
mi viaje era coincidir con una delegación
de derechos humanos de las Naciones
Unidas, hecho que la población
saharaui utilizaría para mostrar
a estos, las condiciones de vida que
llevan denunciando desde hace mas
de 30 años. Las noticias que
llegaban, hablaban de manifestaciones
reprimidas con brutalidad, cientos
de heridos, abusos, torturas y asaltos
a las viviendas de los activistas
y población civil saharaui
en general, algo que ocurre diariamente
acentuado ante la visita de las autoridades,
como medida de presión para
que la delegación de la ONU
encontrara absoluta normalidad. Con
este propósito el gobierno
marroquí, según fuentes
fiables, repartió entre la
población civil darras y melfas,
ropa típica saharaui, junto
con banderas marroquíes para
salir al paso de la delegación,
entre estos también policía
secreta y agentes de intervención
rápida, en espera de alguna
protesta.
El Aaiun vive
en estado de sitio permanente, nada
más entrar los vehículos
antidisturbios, policiales o militares
están por todos sitios a la
espera de actuar, sobre todo, en aquellos
barrios donde hay mayoría de
población saharaui (como sabría
más tarde). Llegué el
jueves 18 de mayo sobre el mediodía,
sin saber muy bien dónde dirigirme,
las informaciones hablaban de control
absoluto sobre los hoteles y los occidentales
que pudieran aparecer por la ciudad,
así contacté con un
representante saharaui de los derechos
humanos, nos citamos en una cafetería,
la primera conversación fue
muy tensa, cuando todos tuvimos claro
el motivo y las intenciones de mi
visita, así como la identidad
de mis anfitriones la cosa se relajó,
desconocía en manos de quién
estaba. Son numerosas las detenciones
de periodistas, el control sobre ellos
y la expulsión. Así,
tras comprobar la tranquilidad de
la zona, decidieron meterme en una
pequeña pensión, ahí
descansaría hasta la noche,
momento en el cual quedaríamos
para reunirnos en una casa con activistas
pro derechos humanos, civiles y familias.
A través
de mensajes al móvil concertábamos
la forma y el lugar, siempre teniendo
en cuenta la seguridad para todos
nosotros, me recogieron en un coche,
dimos una pequeña vuelta para
ver los dispositivos de seguridad
que la autoridad marroquí mantenía
en las calles, colegios, las plazas,
las cafeterías. Llegamos sobre
las 6 de la tarde al domicilio de
un activista de los derechos humanos
en El Aaiun
Una vez en la
vivienda y siempre según mis
acompañantes, la situación
en los alrededores estaba en calma,
podríamos hablar tranquilos,
“por la calle no hay más
que confidentes en busca de información”,
comentaba uno de mis anfitriones.
Allí y después de una
estupenda cena, la hospitalidad sigue
rigiendo las normas de convivencia
de los saharauis cautivos en las zonas
ocupadas, comenzaron los relatos de
terror y presión a que son
sometidos, indistintamente hombres,
mujeres, niños o jóvenes.
No solo con medidas represivas cárceles,
detenciones aleatorias, interrogatorios,
torturas... etc., también con
estrangulamiento económico,
los saharauis no tienen derecho al
trabajo o la posibilidad de montar
un negocio, su identidad les asegura
un proceso largo y sin solución,
así se ven obligados a vivir
de la solidaridad de unas familias
con otras. Delante de mí se
encontraba una comisión de
jóvenes licenciados en busca
de primer empleo, jóvenes que
se habían licenciado en la
universidad de Rabat y ya estaban
asociados allí, incluso me
comentaban, muchos estudiantes marroquíes
apoyaban sus peticiones. Esta comisión,
no formada como asociación,
como más tarde conocería
algunas, solo mantenía contactos
con la autoridad marroquí en
demanda de mejoras, tras muchos meses
de lucha, los resultados eran negativos,
la autoridad les ofrecía su
colaboración en pruebas de
selección, pero nadie, ninguno,
pasaba de la primera selección,
todos los descartados tenían
algo en común, eran saharauis.
Esta misma condición se daba
en algunos jóvenes que hartos
de la lucha y el fracaso continuo
decidían abandonar de forma
ilegal el país en pateras,
al ser detenidos por la policía
marroquí y comprobar su identidad,
les dejaban seguir con el argumento
de que podían perderse en el
mar o huir del país.
Así transcurrió
la velada hasta su fin, salimos ya
entrada la noche, las calles estaban
desiertas, de vuelta a mi lugar de
descanso, solo veríamos las
unidades del ejército, la policía
o las fuerzas auxiliares en los mismos
lugares con menos efectivos pero con
similar presencia.
Por la mañana,
salí a tomar un café,
ya se había acordado que a
través de mensaje de móvil
comenzaría la jornada siguiente,
una jornada difícil, así
pude pasear, no encontraba sentido
para que no hubiese una convivencia
pacifica, con culturas tan similares,
¿tan difícil resulta
su solución? NO. A las personas
no, pero a los gobiernos e instituciones
implicadas en dar esta solución,
SI, a pesar de las personas, siempre
las víctimas. Así conocí
a Marroquíes prosaharauis o
Saharauis promarroquíes. El
Aaiun es una ciudad de mentira, si
no conoces la realidad del conflicto
que allí tiene lugar aparentemente
no pasa nada. En la actualidad todavía
envían colonos, población
civil a la zona, población
civil marroquí sin recursos,
a los que financian hasta las especias,
según sabría mas tarde.
El mensaje al
móvil me sacó de mi
encrucijada de pensamiento, para comenzar
una mañana de tensión,
hoy trataríamos de hacer las
fotos que mostraran de una manera
clara el estado de sitio que mantiene
la autoridad marroquí. Así
en lugar acordado, me esperaba un
vehículo, en su interior me
esperaban dos hombres junto con una
mujer, uno de ellos y yo ocupamos
la parte de atrás, el coche
tenia todas las ventanas al descubierto
y era difícil realizar las
fotos sin que alguien nos viera, así
decidimos parar en un comercio amigo
y tapar los cristales traseros y laterales
con cortinillas, por seguridad yo
no saldría del vehículo,
así comenzamos la ruta por
los diferentes barrios, plazas, calles,
la pericia del conductor y la melfa
de nuestra compañera que utilizábamos
para tapar el equipo fue dando sus
frutos, con muchos nervios, cuando
teníamos fotos que servían,
nos alejábamos para guardarlas
con mayor seguridad, con el convencimiento
de que tarde o temprano nos verían
y nos seguirían y por supuesto
nos quitarían todo el material.
No ocurrió, pasamos toda la
mañana y parte de la tarde
recorriendo los diferentes barrios,
cuando alguien llamó diciendo
que la delegación de la ONU
se dirigía al hospital y se
planteó una protesta delante
de ellos, tras pasar horas en el vehículo,
la delegación de la ONU no
apareció y la protesta fue
abortada, la avenida principal se
llenó de policía y los
controles para entrar y salir eran
mas exhaustivos, por decisión
de mis compañeros decidimos
guardar el equipo y ser testigos oculares
desde una calle cercana.
La tensión
era latente, la avenida Smara, principal
arteria por la que circulan la mayoría
de protestas, estaba literalmente
tomada, mis compañeros me señalaban
todos los agentes secretos que a uno
y otro lado de la calle paraban a
la gente y les interrogaban, muy pocos
pasaban teniéndose que dar
la vuelta, quedando presos entre calles
tomadas a uno y otro lado por policía
y ejercito. Mis compañeros
decidieron que cambiásemos
de vehículo, así lo
hicimos cuando alguien llamó
diciendo que no habría manifestación,
los agentes habían entrado
en un domicilio llevándose
a todos cuantos se encontraban en
su interior.
Me decían,
“esto ocurre todos los días”,
“desde que comenzaron las primeras
protestas en los territorios ocupados
hace ahora 1 año, la presión
de la policía es absoluta,
detenciones, interrogatorios, torturas”,
“en las manifestaciones salen
todos, las madres, sus hijos, ancianos,
jóvenes, ellos nos pegan y
corremos, nos organizamos y nos vuelven
a pegar y se repite tantas veces como
podemos.” La información
sobre la delegación de la ONU
en la ciudad era desalentadora, mientras
en las calles se golpeaba a la población
saharaui en manifestaciones pacificas,
los miembros de la delegación
degustaban un estupendo banquete a
base de cordero, camello... etc.
Acabamos el día
reuniéndonos entrada ya la
noche en el desierto, la arena era
el testigo mudo de conversaciones,
donde se podía hablar con tranquilidad,
así conocería a un representante
del CORCAS, un saharaui promarroquí
(por simplificar), un saharaui que
aceptaba como avance en el conflicto
la autoridad de Marruecos sobre el
territorio saharaui, un traidor, como
lo definirían los activistas,
estos aceptaban que alguien dejase
de luchar, abandonase la lucha en
pro de una mejora para su familia,
saliendo del país de manera
ilegal o manteniéndose al margen
de manifestaciones, pero no aceptaban
que alguien se sentara a negociar
en la mesa con los responsables de
las torturas, violaciones y ataques
a la población saharaui, no
lo aceptaban de ninguna manera.
A la mañana siguiente el plan
era tranquilo, por sugerencia de mis
anfitriones cogería un autobús
que tras 16 horas me dejaría
en Marrakech fuera de peligro para
poder sacar sin problemas el material,
objetivo del viaje, antes visitaríamos
la casa de un activista de los derechos
humanos condenado a dos años
de prisión, por encabezar una
manifestación pacÍfica
reclamando el referéndum de
autodeterminación, cumplió
8 meses en la Cárcel Negra
de El Aaiun, era un hombre de extraordinaria
corpulencia tras relatar los horrores
a los que fue sometido en estos meses,
interrogatorios interminables, descargas
eléctricas en los genitales,
golpes, vejaciones y todo un catálogo
de horror a él y sus compañeros,
se derrumbo y se puso a llorar, el
dolor invadía toda la habitación,
recordando los hombres, mujeres y
niños que fueron enterrados
vivos en los tiempos de la guerra.
“Quieren acabar con nosotros,
eso es lo que quieren”, “hay
documentos que prueban todo cuanto
digo, denuncias de Amnistía
Internacional con exhumación
de los cadáveres, sabemos donde
están, saben lo que pasa aquí
y nadie hace nada”. En ese momento
sonó el móvil, tras
contestar puso el altavoz y dijo “escuchar,
están asaltando una vivienda”
por aquel pequeño aparato llegaban
los gritos de mujeres y niños
y una voz por encima que decía
“están entrando, han
tirado la puerta, están golpeando
a todo el mundo, a las mujeres, a
los niños...” de una
manera súbita se acabó
la comunicación. Todo se quedo
en silencio, un silencio tan grande
que dolía, qué podemos
hacer, pregunté, podemos ir,
él me contestó no, no
solo no lo evitaras si no que tú
perderás todo el trabajo que
has hecho, es conveniente que tú
y tu trabajo puedan salir y contarlo.
Más tarde supimos que una pequeña
de 7 años corría por
la calle con una bandera saharaui,
los policías irrumpieron en
la casa donde se refugió golpeando
a todos cuantos se encontraban allí
y procedieron a detener a la pequeña
y a su madre.
Tras cuatro horas
en el autobús de vuelta y una
vez fuera de todos los controles seguía
intranquilo, con una sensación
de vacío, de tener algo y no
tener nada, unas fotos no pararán
el dolor, un texto no hará
que el conflicto saharaui llegue a
su fin, escribo esto y muestro las
fotos convencido de que no servirán
de nada, como compromiso con todos
los que hoy están sufriendo
en esa ciudad, ninguna imagen por
dura que fuera paró nunca ninguna
guerra, vivimos tan alejados de la
realidad, que nunca sabremos lo que
significa vivir una injusticia, una
injusticia que dura ya 30 años.
Una injusticia que nos tiene a todos
como testigos mirando hacia otro lado.
Jesús
Antoñanzas, fotoperiodista,
miembro de Um Draiga